Y así empezamos... que la aguja conlleva riesgos; que el anestesista, por tratarse del 3º va a llegar media hora antes del parto; que las probabilidades de usar fórceps son 10 veces mayores que en un parto común; que hay más riesgos para el bebé; que el parto se hace largo ya que no se tiene sensación de pujo; que bla bla bla.
Así empiezan marido y ginecólogo a escarbar en nuestra mente, (y el anestesista te entrega un papelito amarillo para firmar el consentimiento, donde dice que uno es consciente que puede quedar inválida, sufrir meningitis o una infección medular… y uno dice que lo va a pensar, (mientras devuelve, sin usarla, la lapicera con una sonrisa) mirando de reojo y con ganas de salir corriendo).
Pero uno igual intenta hacer caso omiso a la mala impresión que causa todo eso, (porque sabe que el baile es demasiado duro y en el reparto siempre nos toca bailar con la + fea) y pensar con mente amplia que nada de eso va a suceder.
Lo malo es cuando se empiezan a meter con el bebé, trancado en el canal de parto, (porque una feliz y sin dolores carece de sensación de pujo) y se imagina al dr. tironeando con un aparto espantoso de metal de la cabecita de nuestro indefenso niñito… ahí la cosa rotundamente cambia.
Hasta dan ganas de sufrir, retorcerse y sentir como si nos serrucharan en seco para que él salga sanito.
Lo mejor: una cesárea programada, internarse con una sonrisa y el bolso colgando del hombro y salir con un bebé y unos puntos que seguro jorobarán pero no menos que la episiotomía.
En fin, acá me ven, casi resignada al dolor. Que es mejor ni cuestionarse y vivir en el primer mundo ni hablar, pero por estos lares seguimos curando cataratas con cañas tacuaras, secando el apéndice con yuyos y pariendo mientras mordemos un palo y algún alma caritativa hierve el agua para higienizar vaya a saber qué cosas, (parir al mejor estilo “Familia Ingalls”)… siempre conservando la sonrisa y sin descontrolarse. Que al fin y al cabo, lo seguro, es que de alguna forma el niñito, salir va a salir.