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‘Fiestas’ en cautiverio

Martes, 12-25-2007, 10:39:04 pm

El anuncio de liberación unilateral de tres rehenes por parte de las FARC, la ex parlamentaria Consuelo Perdomo, la compañera de Ingrid Betancourt, Clara Rojas y su hijo Emmanuel nacido en cautiverio, devolvió la esperanza a sus familias de compartir por fin las fiestas decembrinas, un anhelo resguardado por años. Aunque la concreción de tal noticia aún está en ciernes, sólo quienes han pasado en cautiverio estas fechas, pueden dar fe de la relevancia de tal gesto humanitario en una  época tan sensible. Testimonios
 
        El regalo de Navidad que recibió un 24 de diciembre fue un par de prominentes ampollas en sus pies, con una antesala de calambres constantes. Había caminado las 24 horas anteriores en su décimo día de secuestro.
        A Carlos*, Papa Noél se le había aparecido vestido de verde oliva en forma de camuflado, con un fusil al hombro y no precisamente cargado de regalos.
        “Oligarca sepa lo que es el monte y la guerrilla”, fueron los versos repetidos a falta de villancicos.
        A las 12:00 p.m. el choque de dos botellas de plástico que contenían el clásico trago guajiro conocido como chirrinchi, una suerte de chicha, fue el único brindis que hicieron los subversivos con ocasión de la llegada del niño Dios. Quien llegó en realidad fue el comandante de esa facción del Eln. Se abrazaron, brindaron por la revolución y renegaron del consumismo de la Navidad.
        Mientras tanto, en posición fetal, Carlos se agachó al lado del árbol al que permanecía atado y lloró, con el dolor de un niño y la impotencia de un grande. A lo lejos no se distinguía el murmullo de música alguna, no había un coro de novena navideña y menos aún los voladores anunciantes de las festividades.    
        Los guerrilleros de menor edad se preguntaron por su madres, pero aún así no se dejaron contagiar de la nostalgia. Al fin y al cabo, tenían lo que a su juicio es la mejor compañía: el arma.
        Después, el silencio de nuevo. El único abrazo que sintió fue el suyo propio, intentando resguardarse del frío. Los recuerdos latentes lo despertaron a la realidad. ¿Feliz Navidad?            
 
Días de lluvia
        Su calvario de dos años comenzó a mediados de diciembre, cuando fue secuestrado por la guerrilla del Eln.
        Su llegada a un sitio público, en donde compraría un improvisado mercado para un asado en horas de la noche, se convirtió en el epílogo de su libertad. Eran las 7:15 p.m.
        “Cinco hombres me vendaron y me subieron a un carro. A mí me iban a matar porque pensaban que yo era escolta de una persona a quien estaban extorsionando”.
        Carlos recuerda los hechos con extrema fidelidad. Recalca cada instante: cuando dormía encadenado a un árbol, o se recostaba al lado de pequeñas cascadas sólo para oír el correr del agua. Había mañanas en que se levantaba a ver en qué parte de la red iba el arácnido que desde la noche anterior estaba tejiendo una telaraña.
        “Cuando nos fuimos adentrando en la montaña, el primer encuentro fue con el jefe de la cuadrilla, quien al estar enterado del equívoco, supuestamente me iba a liberar”.
        Sin embargo, el irónico comentario que se escuchó de su boca fue: “Ya que está aquí, sea bienvenido a la guerrilla y conózcala”. Su invitación se extendió casi dos años. Conoció lo que era pasar dieciséis días comiendo tan sólo una pastilla de caldo diaria; lo que significaba dar cada paso con tres escoltas detrás hasta para hacer las necesidades primarias; lo que era tener que exprimir las hojas de los árboles para robarles una gota de agua.
        “Llovió mucho. Durante casi todo el secuestro estuve en lugares fríos y me mantuvieron hasta el día de la liberación con la misma ropa”.
        No sufrió ninguna enfermedad, pero es de imaginarse la forma como su cuerpo se consumía, apenas alimentado por raciones de arroz, panela y harina que se veían pocas veces al mes. Después de todo, su ‘retención’, como suele llamar al secuestro la guerrilla, no había sido reportada ante el Comando Central, por lo que no había presupuesto para su manutención. Ni siquiera sudaderas le dieron y el ofrecimiento para cambiar de muda, fueron unos camuflados.
        “No”, fue la lacónica respuesta de Carlos. “Soy un civil”.
        “Caminamos mucho tiempo. Nos movimos en los montes de Antioquia, Boyacá y luego volvimos a subir a Santander, pero nunca supe a ciencia cierta en qué parte porque permanecía vendado. Estuve en campamentos de hasta 200 guerrilleros, pero nunca hablé con un mando, porque todo lo mantenían callado”.
        Su barba creció al mismo ritmo de su desesperación. Días sin prensa y sin noticias que aparecieron apenas un año y 17 días después de que perdió el contacto con la civilización, precisamente un 31 de diciembre. Ese día la voz de un amigo en una emisora radial hizo eco en sus pensamientos y tranquilizó de alguna manera la zozobra, de pensar que su familia no supiera nada de él: “Carlos, te estamos esperando”.
        La esperanza se alimentó y los dos intentos que tuvo en un momento de cortarse las venas, se disiparon de su memoria. Era la primera noticia que tenía desde que lo habían dejado oír radio - en dosis muy moderadas -, a pesar de que en total había escrito 35 cartas de las cuales solo una llegó a su destino. Ese 31 a las 4:00 p.m. volvió a sonreír.
 
Segunda Navidad
        Ya era la segunda época en que Santa Claus lo visitaba en inmediaciones del monte. Con toda la naturaleza posible alrededor, pero en cautiverio. Esta vez, los sentimientos se confundían con ironías. “Era una risa loca y boba, en la que me burlaba diciendo: ¿y la próxima Navidad que voy a hacer?”.
        El calendario mental se le hacía eterno, mientras el silencio que en la selva reina después de las 6:00 de la tarde, oscuro como el cielo, le auguraba otras fiestas decembrinas huérfanas de alegría.
        “Solía autopremiarme por estar vivo y para mantenerme activo hacía cruces con palitos del suelo, o veía una piedra bonita y decía que era mi regalo de Navidad. Mientras tanto, pensaba: en la casa deben estar haciendo esto, ya tuvo que haber llegado el tío tal, o el primo...”
        De nuevo, las lágrimas ocultas. No obstante, los guerrilleros esta vez en una muestra de empatía le regalaron panela y cigarrillos, y le hicieron pensar por un momento que eran capaces de conmoverse con él. Pero no fue así.
        “Después hicieron como un círculo y nos sentamos ahí. Ellos empezaron a decir letanías, a cantar versos de Camilo Torres y vallenatos que habían compuesto, y uno ahí aburrido y triste. Nada de árbol ni pesebres porque en ese momento todos estaban listos era para arrancar”.
        Carlos rezaba a su manera, aunque a veces su propia conciencia peleaba mucho con Dios. Buscaba sintonizar en el dial del radio ya escaso de pilas, alguna novena. Mientras tanto, una guerrillera sobrecogida oraba en silencio a unos metros de él.
        “Lo que me atormentaba era que por lo menos yo sabía que estaba vivo y que mi familia estaba bien, ¿pero ellos qué sabían de mí? Sin noticias, me daban por muerto.” La preocupación de Carlos se repite en quienes están privados de la libertad, y se mantiene hasta el día en que la recuperan.
        En el segundo semestre del año siguiente fue su día, después de que llegara a la zona un mando que corroboró el error que se había cometido con él. La Cruz Roja Internacional intervino. Carlos volvió a la libertad y casi tres meses después estaba compartiendo de nuevo esa cena anhelada con su familia.
        No obstante, aún comía con la mano, no soportaba el ruido y hasta los voladores lo asustaban. No hablaba, musitaba, a veces dormía en el piso y el teléfono era su enemigo.
        “Con el tiempo se superan muchas cosas, pero aun lloro cuando veo una liberación. El dolor de patria es inmenso”, dice.
        De hecho, su voz se entrecorta cuando se transporta a ese tiempo pasado de total angustia.
        Por eso, con pleno conocimiento de causa, Carlos se atreve a pedirle una cosa a ese ‘Niño Dios’ que está camuflado en el monte: que a los secuestrados los dejen escuchar a un familiar, porque aunque afuera la vida sigue, ellos desean hacerles saber que están vivos.
 
Lejos de la familia
        Margarita García, sin embargo, prefirió olvidar durante su Navidad del 2001 que existía un radio, que se rezaban las novenas, y que las 12:00 a.m. era una hora para estar despierta.
        A las 6:00 p.m. de ese 24 de diciembre, como pudo concilió el sueño. Los últimos tres días lo único que había podido sintonizar en el radio de pilas adheridas que le habían facilitado sus secuestradores, eran los discursos de Hugo Chávez sobre la revolución.
        Eso la hizo concluir que estaba en tierras venezolanas, pero prefirió no preguntar. No obstante, uno que otro villancico se colaba entre su desesperanza. Tajantemente le cortaba la voz. “En el monte hay que olvidarse de eso. Lejos de la familia, la vida no es igual”.
        Para ella fue la primera y por fortuna la última Navidad que pasó en cautiverio. No obstante, fue una de las fechas que más hizo mella en su vida, en la de sus hijos de 20 y 25 años, en la de una sobrina suya que se crió con ella y tuvo que casarse en su ausencia, y en la de su madre, quien no se pudo operar de un glaucoma y hoy está ciega.
        Terminó en las fauces del Eln un 13 de diciembre cuando se encontró con 15 subversivos con quienes negociaría la libertad de su esposo, secuestrado hacía 10 meses y por tercera vez.
        Estaba allí precisamente para lograr compartir con él esa fecha que desde niña le ha parecido mágica e importante.
        “No concebía que estuviéramos separados, tengo una familia muy unida”, dice la mujer de 55 años, ya un poco trajinada por la vida, quien tuvo que radicarse en Bogotá por que la finca en el Cesar donde ocurrieron los hechos, fue quemada. “Allí mi esposo tenía ganado, pero muy poco. Ya era jubilado y necesitábamos un ingreso adicional para la universidad de mis hijos”, explica.
        A lomo de mula llegó a un campamento en donde el comandante la estaba esperando. Ya había caminado 14 horas bajo la lluvia: “uno se convierte en una piltrafa humana y llega un momento en que no siente los pies ni las manos”.
        El recibimiento fue la petición de $1.000 millones que la familia de Margarita no podía, ni quería reunir. “No vamos a robar un banco para complacerlos”, dijo sin temores. Pero no obstante su valentía y su amor por su esposo, la hicieron pasar los peores cuatro meses de su vida.
        “El 24 de diciembre lo pasé en una finca, de la que desalojaron a seis jóvenes. Me pusieron a un niño a cuidarme y aunque yo trataba de hablarle de Dios y esas fechas, a ellos les lavan el cerebro. Son supremamente fríos. Te miran como si no fueras nada”.
        No quería torturarse. Borró el calendario de su mente y durmió. No hubo ruido que la perturbara.
 
“La Navidad en el monte no existe”
        Sin embargo, el peor día lo pasó el 31 de diciembre. Llevaba varios días sin comer, sin poder cepillarse los dientes, sin bañarse con jabón, y lo que más le carcomía el corazón: sin noticias de su esposo.
        “Ese día me movieron a otro lugar. Era una especie de cárcel donde tenían a paramilitares, soldados y sargentos, siendo yo la única mujer”.
        Madrugaron. A las 5:00 a.m. en la víspera del nuevo año, ya tenía ante sus ojos una imagen dantesca: personas hacinadas en espacios de 6m x 6m; prisioneros en celdas de alambres de púas, personas acurrucadas en pequeños calabozos en tierra.
        Su espacio no fue diferente. La dejaron en un diminuto cuarto donde apenas podía estirarse y no entraba una gota de luz. Le dieron un colchón y la dejaron allí, alejada de los demás, con la ropa húmeda y con hambre. “Alguno de los retenidos me prestó una camisa seca”, recuerda. Aunque pronto le prohibieron dirigirles la palabra.
        De nuevo las 12:00 un profundo silencio y una soledad aterradora. Su aislamiento no le permitió saber qué hicieron los guerrilleros para la venida del nuevo año.
        “Pensé que no iba a aguantar tanto. El recuerdo de mis hijos y de mi esposo, estar lejos de ellos es una cosa que no te puedo describir. Ellos aún tienen muchos traumas que deben ir sobrellevando. A veces no quieren celebrar esta fechas, pero yo les insisto”.
        Cinco días antes de su liberación, Margarita se enfrentó de nuevo a los guerrilleros. Les exigió respeto. “Ustedes dicen ser la liberación del pueblo y no se dan cuenta que yo soy del pueblo. Además, soy una persona de edad que no tengo por qué estar en una cárcel”, fue su reclamo. “Voy a hablar con el Coce cuando salga de acá”.
        La trasladaron a otro campamento, aunque la presión por el dinero continuó. Le mintieron sobre la libertad de su esposo, de 67 años, y luego supo que casi siempre permanecieron en campamentos aledaños.
        En marzo siguiente cuando un guerrillero le ofreció una taza de café, le trajo en realidad al padre de sus hijos y con él, le devolvió la vida.
        A las pocas semanas de estar juntos, en las que lloraron sin fin al contarse las experiencias que había vivido el uno sin el otro, lo liberaron a él, abrigando en Margarita una alegría inmensa por poder enviar mensajes a sus hijos.
        Al mes siguiente, el turno fue para ella, aunque hoy aún en libertad las amenazas siguen.
        “Uno no sabe si vuelve y la familia quiere por lo menos darle cristiana sepultura. Y es por ese sufrimiento y esa depresión que lo van minando a uno, que allá no hay nada qué celebrar. La Navidad en el monte no existe”, concluye la mujer, en medio de todo alegre, porque fue la última vez que supo del niño Dios lejos de los que ama.
 
·          Nombre cambiados por solicitud de las fuentes

Comentarios

Mercedes @ Cuba Linda, el blog de Mercedes Hernández dice ...
No solo en el monte no existe navidad… es que supongo que incluso la esperanza debe colgar de un hilo muy fino. No asiste ninguna razón y es más quita razones y entendimiento de causas cuando un grupo o persona, bajo cualquier pretexto y diferencias políticas te secuestre y te tenga ahí a la espera de la nada un día, una semana un mes, un año y otro año.. A los secuestrados le joden la vida, a la familia de los secuestrados le joden la vida también, y sus angustias sólo son usadas por los negociadores para sacar el mejor partido. Cochina vida. No tienen perdón ni se les puede creer a quienes juegan con la vida de los demás.

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