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"Nadie se preocupa por la salud mental del periodista" *

Domingo, 02-17-2008, 10:56:26 am

Sólo una psicóloga en Colombia atiende los traumas que generan en el periodista la cobertura de tantos hechos de violencia. En un país con altos índices de amenazas, exilios y demás violaciones a la libertad de prensa, Marta Chinchilla es la única que en su consultorio presta oídos a una población desatendida en algo tan elemental como la salud mental.
 
Por estos días la psicóloga Marta Chinchilla, se ha dedicado a releer una y otra vez la historia de Omayra, la niña a través de quien el país conoció las dimensiones de la tragedia de Armero. Ella se pregunta qué sentía el periodista Germán Santamaría cada vez que se iba a escribir su historia y tenía que dejar una noche más a Omayra “metida entre un charco de barro”.
 “¿Se sentiría impotente, tendría alguien con quien hablar? ¿Qué pueden sentir los periodistas que tienen hijos pequeños cuando cubren noticias desgarradoras sobre niños? Casi nadie piensa en ello”, se cuestiona Martha, una profesional egresada de la Universidad Javeriana en 1977, quien desde hace más de diez años viene tratando el desorden de estrés postraumático en periodistas: esos hacedores de noticias que en todos los rincones del mundo se enfrentan al cubrimiento de catástrofes y guerras.
Desde atentados terroristas como el del 11 de septiembre en Estados Unidos o el del 11 de marzo en Madrid, hasta tragedias naturales como el tsunami del sudoeste asiático o los terremotos en Irán, pasando por el día a día del conflicto colombiano que incluye amenazas y persecuciones, los periodistas son testigos inmediatos de grandes cuotas de dolor y por ello sufren traumas.
Martha se preparó para tratarlos y por eso, después de tocar infructuosamente las puertas de varios medios, la Universidad Sergio Arboleda le dio el aval para crear en 2003 ‘Resiliencia’ un grupo de apoyo emocional a periodistas. Aunque el programa también se cerró recientemente, ella no abandona a los comunicadores que siguen llegando a su consultorio.
 
Pregunta: ¿En qué momento empezó a interesarse por esta temática tan particular de Periodismo y Trauma?
Martha Chinchilla: Yo me gradué de psicóloga y me fui a especializar en Estados Unidos para trabajar con niños con problemas emocionales, después lo hice con adultos, y me empecé a dar cuenta de la cantidad de dolor que había por tanta violencia intrafamiliar y social. Por eso al cabo del tiempo comencé a tomar talleres con la Asociación Internacional de Desorden de Estrés Postraumático en Masachusetts y en Boston y allí conocí al Psiquiatra Frank Ochberg hace ya ocho años. Con él y un grupo de periodistas que hacen parte del grupo ´Dart Center for Journalism & Trauma´, me entrené en la Universidad de Washington en este tema. Además porque siempre me ha gustado el periodismo, y me ha llamado la atención que es un gremio con una pésima referencia, se les tacha de mentirosos y manipuladores, y nadie se da cuenta de su labor social ni se preocupa por su salud mental. 
P: ¿Qué hace concretamente el Dart Center?  
MC: Es un centro de recursos y entrenamiento para periodistas, educadores, agencias de noticias y en general todas las personas interesadas en el tema de periodismo y trauma. Ellos enseñan desde hace casi dos décadas, cómo brindar apoyo emocional al periodista antes y después de cubrir hechos catastróficos, cómo tratar a las víctimas, cómo sacar una historia diferente cuando el afectado es un niño, qué tipo de fotografía sacar, qué tipo de preguntas hacer, cómo preparar a los entrevistados, cómo hacer que las notas ayuden a sanar y no a aumentar las heridas.
 
Estas lecciones del Dart Center, han sido hábilmente puestas en marcha por periódicos como The Oklahoman en el cubrimiento de las historias de las víctimas del ataque al edificio federal en Oklahoma City en 1995; y el Spokesman Review, el New York Times y el Asbury Park, en el cubrimiento de los atentados a las torres gemelas.
Otros diarios como Newsday y el Washington Post han comprado equipos de seguridad para proteger a reporteros y fotógrafos que cubren situaciones peligrosas, y los periódicos asociados en Tribune Co, tienen como política no obligar a ningún reportero a cubrir estos eventos, sin que esta negación tenga costos laborales.
En países como Australia, Inglaterra y Canadá, hay grupos de terapias psicológicas al interior de las redacciones y para los corresponsales de guerra, los grandes medios les brindan herramientas de apoyo psicológico a través de internet.
 
P: ¿ Es posible hacer ese ejercicio de cubrimiento en un conflicto como el colombiano?
MC: Es en el lugar donde más debería hacerse precisamente porque cubrir orden público genera un estrés muy alto y una fatiga emocional inmensa por estar expuestos a escenas desgarradoras, que le producen al periodista úlceras, hipertensión, y por supuesto, mucho dolor. Hay que desmitificar el hecho de que el periodista que se expone a todo y no siente, es un super macho y el que piensa en su salud mental, es un cobarde. No es cierto que la gente se acostumbre a la violencia, esa sobre exposición lo que produce es la disociación y aunque parezca que no le afecta nada, en su vida personal toma trago, consume drogas o sus relaciones son disfuncionales. Los periodistas no tienen un espacio para hablar de esas sensaciones porque en Colombia se paga por la chiva y no hay un tratamiento psicológico de la noticia. En esa materia estamos en el medioevo.
P: ¿Qué piensan estos expertos estadounidenses de la situación del periodismo colombiano?
MC: Ellos han tenido mucho contacto apoyando en el país talleres organizados por Medios Para la Paz, la Federación para la Libertad de Prensa, el Proyecto Antonio Nariño y Resiliencia, y encuentran que la situación es muy precaria desde todos los puntos de vista: económico, laboral, de seguridad, y consideran que no hay libertad sobre todo en las regiones. De hecho Resiliencia hizo un estudio psicológico con un poco más de 60 periodistas de diferentes provincias del país, 25 de ellos de Arauca y encontró que viven muy traumatizados y son inmensamente vulnerables a padecer desorden de estrés postraumático.
P: ¿Cuáles son las regiones más difíciles?
MC: Por un lado Arauca, donde convergen todos los actores armados, allí a finales de 2002 masacraron a unos periodistas y luego de eso la región se quedó semanas sin prensa, porque ¿quién escribe con miedo?. Ahora tienen que compartir dos camionetas oficiales con blindaje y cuatro escoltas de la policía. Los periodistas lloran al pensar que no pueden seguir ejerciendo su profesión, pero efectivamente varios están en el exilio. Y la otra zona es Barrancabermeja, ellos viven una situación aterradora en el sentido de que tienen las evidencias porque les han matado periodistas ahí en el casco urbano y no tienen forma de esconderse, ni hay quien los proteja. Allí un periodista se montó en una moto con un policía y resulta que lo mataron. La noticia en esa zona esta completamente controlada.
 
Las amenazas y el exilio
En los talleres que ha dictado, más de un comunicador se ha acercado a Marta a pedirle una cita personal y a compartir muchas de las cosas que han mantenido en silencio por miedo a parecer débiles. Ella lamenta, sin embargo, que a pesar de que el acompañamiento haya dado frutos en la mayoría de los casos, ellos deben enfrentarse luego a la desprotección laboral.
“Tengo a una periodista que se tuvo que venir a Bogotá por amenazas y lleva años viviendo aquí sin puesto, en absoluta pobreza, sin casa, sin trabajo, ni estudio para sus hijos. Aunque se recuperó emocionalmente, esos hechos destruyeron su vida laboral”.
No menos conmovedora le resultó la historia de una persona “super apasionada por el periodismo”, como ella misma la describe, quien fue amenazada y herida de muerte, logró sobrevivir y por supuesto, tuvo que refugiarse fuera del país. “Éste profesional perdió parte de sus facultades físicas, tuvo que dejar a su familia y no volvió a ejercer”.
 
P: ¿Cuál fue el primer periodista que trató en el país?
MC: La gente de Dartcenter me remitió el caso de Jineth Bedoya, quien fue secuestrada dentro de la cárcel por los paramilitares y luego ultrajada por ellos. Desde entonces el foco de trabajo ha sido con los periodistas amenazados, que son muchos porque en este país no hay libertad de prensa. La opción para ellos es generalmente salir del sitio de trabajo y finalmente autocensurarse: abandonar los temas que le ocupaban, y escribir sobre cosas que ni siquiera les apasionan, para no tocarle los callos a nadie.
P: ¿Qué tipo de consecuencias psicológicas ha encontrado en los periodistas sometidos a estas presiones? 
MC: Son periodistas sin fe en la humanidad, con una sensación de inseguridad permanente, sus esperanzas totalmente truncadas, lo único que quieren es ser invisibles porque sienten que todos quieren agredirlos, tienen pesadillas, ataques de pánico, paranoia, reviven los hechos constantemente. Tuve un periodista que no se atrevía a entrar al consultorio porque yo no era para él una persona confiable y pensaba que le podía pasar información a los grupos que lo amenazaban. Yo les enseño técnicas de respiración en las que deben cerrar los ojos y hay unos que no se atreven a hacerlo por miedo a que los secuestren. Otros no quieren ni coger un bus para llegar al consultorio
P: ¿Qué pasa si no se trata este desorden?
MC: Hay situaciones de depresión profunda en que se puede llegar al suicidio pero no he tenido esos casos. Quienes no reciben atención fácilmente caen en las drogas, la fatiga crónica, y desordenes alimenticios como bulimia y anorexia. (...) En las casas editoriales no se preocupan por ese ”después” de un cubrimiento o una amenaza, cuando los periodistas, son los cuartos profesionales que más se exponen al desorden de estrés postraumático después de los socorristas, los médicos que atienden emergencias y los miembros de la fuerza pública.
 
Marta también ha tenido que atender a personas secuestradas y sus familiares, conocidos y amigos pues este desorden “es más común de lo que la gente cree”. No obstante en su situación personal, le costó mucho trabajo superar su viudez repentina, que hace cuatro años llegó en forma de muerte súbita. “Esa muerte fue supremamente traumática porque él (su esposo) estaba bien a las 6:00 de la tarde y a las 12.00 de la noche le dio un paro cardiaco. Todos (ella y sus dos hijas) éramos muy dependientes de Ernesto (Murillo) y aunque uno tiene mecanismos para ayudar a los demás, a nivel personal es más difícil”.
En Estados Unidos alcanzó a hacerlo en casos de periodistas perseguidos por políticos, con una reportera que fue violada en el curso de una entrevista y camarógrafos que estuvieron en Ruanda, Afganistán e Iraq, que habían perdido colegas en el terreno.
“La mejor recompensa para mí es poder devolverle la paz mental al periodista, que pueda volver a sonreír, salir a la calle y no tener miedo, y que sepa que lo que le está pasando no es una debilidad mental”, concluye.
 
 
Temores y verdades
Estos son algunos testimonios de periodistas que han sufrido desorden de estrés postraumático. (Fuente: Dart Center for Journalism & Trauma, En línea: www.dartcenter.org)
 
“Mientras granadas de mortero caían sobre mi ciudad natal, Zadar, en la Costa Adriática, en 1991, mi hijo me abrazó temblando de miedo. Retiré la mano de mi hijo para ir a realizar mi trabajo sin saber si al regreso encontraría a mi familia con vida. Fueron momentos terribles. Todos quienes realizamos el cubrimiento estamos sufriendo las consecuencias”. Elza Radulic, periodista croata.
“Lo que para mi marcó la diferencia en el Líbano, fue cuando las tropas israelíes se estaban retirando, y un valioso amigo y colega murió asesinado por los israelíes ante mis ojos. El se encontraba en su carro cuando el proyectil de un tanque lo estalló. Yo estaba muy cerca, quedé atrapado en la escena por varias horas, sin poder salir. Fue horrorizante, el peor día de mi vida. Luego sufrí pesadillas y estaba en constante estado de alerta”. Jeremy Bowen, corresponsal de la BBC durante 15 años, quien ha cubierto alrededor de una docena de guerras y conflictos.
 “Lo que me golpeó como un martillo fue cuando trabajé con alguien que murió y yo sobreviví; no sabía lidiar con todo lo sucedido. Pensé que era mi culpa, convencido de que todos creían era culpable, y quería cambiar de lugar y ser el muerto. Fue una terrible experiencia, me volví muy temperamental y paranoico, asocial e incapaz de trabajar” Allan Little, reportero de la BBC
“Existe un temor enorme de que al decidir enfrentar el trauma, los periodistas terminen en un tipo de terapia que los obligue a levantar la mano para decir “no puedo hacer ese cubrimiento” y por lo tanto, ser excluidos… quedar sin carrera”. Wilma Goudappel, periodista herida mientras trabajaba en Albania, a finales de los noventa.
“No sé qué es lo bueno de ser un corresponsal de guerra. Nunca me gustó recibir balazos. Es muy distinto ser corresponsal de una guerra en casa que serlo en el exterior”. Vedat Spahovic, periodista freelance que informó desde Sarajevo, antes de conocer el estrés postraumático.
“Durante muchas noches tuve pesadillas repetitivas en las que un sujeto llegaba a herirme frente a mis seres queridos, sin que nadie hiciera nada. La paranoia en las calles es tan incontrolable que huyo de cualquier persona que me mire, o camine muy cerca de mí. Es difícil recuperar la confianza”. Periodista colombiana amenazada por las autodefensas.
 
* Este artículo fue originalmente publicado el 28 de junio de 2006 en la revista peruana Noticias Aliadas, en una versión diferente a esta entrevista pregunta-respuesta. Rescato su contenido con ocasión del día del periodista por el trabajo incansable que continúa haciendo la psicóloga Marta Chinchilla, y porque divulgar la necesidad de cuidar nuestra salud mental e instruirnos en el campo del trauma, es el foco actual de mi trabajo.
 

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