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Los hijos de Lázaro

Miércoles, 04-23-2008, 8:35:43 pm

 
Los enfermos de lepra han cargado durante siglos con el rechazo de la sociedad. Dos lazaretos fueron creados en Colombia para aislarlos del mundo. Crónica de una visita a uno de ellos: Contratación. 
 
 
“No es en todos igual pero si cruel, solo deja de su víctima despojos, unos pierden sus pies, manos y ojos y otros quedan deformes de la piel. Terrible mal ponzoña irresistible, vertida sobre las sombras del misterio, su alivio más cercano el cementerio, su próxima esperanza lo imposible”.  
Che María.
 
  A su espalda una mole de cemento se desvaneció en un abrir y cerrar de ojos.
  A las 5:15 a.m. la fuerza de un terremoto había comenzado a echar abajo la estructura que sirvió de escenario durante siete años para el internado masculino de Guacamayo, Santander donde Carlos Angarita, hoy un fotógrafo profesional, pasaría su infancia
  Mientras dormía la mañana del 29 de junio de 1967 junto a cerca de 900 niños más que al igual que él, por ser hijos de leprosos habían aprendido en ese claustro la forma de crecer sin leche materna, el piso se sacudió, le tumbó su techo y paradójicamente le abrió las puertas a la libertad.
  Carlos nació del vientre de doña Ana Belén Parra, una mujer que a los doce años recibió un diagnóstico médico que acabó con su vida por el lastre con el que ahora cargaría ante los ojos de los ‘sanos’: Ella tenía lepra.
    Lepra. Esa enfermedad que la misma Biblia se encargó de perseguir al rasgar la ropa de quienes la padecían y hacerles vociferar la palabra ‘impuros’ una y otra vez, se depositó sin pedir permiso en la humanidad de Ana Belén.
    Y se quedó allí para siempre hasta arrebatarle la vida hace 20 años, no sin antes permitirle que cumpliera su sueño de ser madre, un sueño que se vio perseguido por un gobierno y una sociedad que desde comienzos del siglo XX tomó la determinación de aislar a quienes desarrollaron el bacilo de Hansen, como se le conoce científicamente a la enfermedad.
    Dos lugares del país se destinaron entonces para ‘asilar’ a todo aquel que empezara a perder la sensibilidad en su piel y desarrollara llagas en su cuerpo: Agua de Dios en Cundinamarca y Contratación en Santander.    
    Y fue en esta última tierra, a dónde Carlos volvió a buscar a su madre, gracias a que un terremoto en 1967 le devolvió la libertad.
 
Periplo por la vida
    “Gracias a Dios pude volver por mi mamá. Yo con apenas siete añitos me empecé a encargar del tratamiento de ella. Tenía que hacerle tres curaciones al día. El gobierno nos daba gasa, algodón, un litro de mentiolate y otro de agua oxigenada, pero con esa pobreza la enfermedad avanzó”, cuenta Carlos.
    Al lado de su madre y de su hermano, quien también padece la enfermedad y ahora se encuentra en Agua de Dios, Carlos caminó muchas calles del país pidiendo caridad ajena. Era solo en las calles donde podían estar juntos pues en los lazaretos (como eran conocidos estos dos municipios) la gente ‘sana’ no tenía ingreso por el temor de unas autoridades ignorantes que pensaban que la enfermedad era contagiosa, cuando no está catalogada como virus.
   “A las afueras de Contratación habían retenes policiales, de agentes enfermos que controlaban las salidas y las entradas. Adentro era como una república independiente, con sus propias leyes con prohibiciones y persecuciones absurdas. Hasta tenían su propia moneda por el miedo de que los pesos que salieran de allí circularan por otra parte del país y propagaran la enfermedad”.
   El lazareto, nombre que adquirió la moneda, se convirtió desde 1890 en el elemento de trueque que paulatinamente permitió la desaparición del peso nacional.
   Los billetes con la cara de Simón Bolívar y Francisco de Paula Santander empezaron a ser recogidos por los tesoreros locales, mientras del gobierno central emanaban las monedas de 5, 10, 20 y 50 centavos, con la cruz del lazareto y el estigma explícito del rechazo.
   “Recuerdo mucho que al sacar a mi madre de allí andamos durante un buen tiempo con esas monedas y en una ocasión en un restaurante una cocinera me golpeó con una cuchara de palo porque pensaba que le iba a robar lo del almuerzo, al intentar pagarle con eso” dice entre risas y nostalgia Carlos quien aclara que a su mamá no la mató la enfermedad sino una droga que estaba tomando para atacar otra afección en sus riñones.
    Este fotógrafo de 42 años, casado y con dos hijas borró de sus nostalgias la ‘jaula’ del Guacamayo en la que fue cegado de la realidad de su madre en Contratación, y en cambio a esta última tierra la visita para cerciorarse dos veces al año, que todas esas vejaciones que allí sufrieron los enfermos de Hansen son historia Patria.
 
Camino a la tierra de la quina
    A Contratación se puede llegar por dos caminos desde Bucaramanga. El uno, largo y pedregoso como si quisiera testificar los dolores de hombres y mujeres despojados de su hábitat, tras las denuncias de alcaldías locales y hospitales que tenían la obligación de expulsarlos y entregarlos a la policía por cometer el delito de llevar un bacilo en su sangre.
    Bucaramanga – Socorro – Oiba – Guadalupe - Contratación.
    El otro, más corto y transitable como si se revistiera de la lucha que guerrearon las últimas administraciones, familiares y gente humilde que hizo de su techo este leprocomio, quitándose la máscara del escrúpulo.
     Bucaramanga – Socorro – Chima – Contratación.     
    Por cualquiera de ellos Contratación, cuyo nombre se origina por haber existido en la zona una contrata o compra de quina muy abundante, abre sus puertas para mostrarse tan apacible y aclimatada como trágico fue su pasado.
    Destino de los hijos de lázaro que empezaron a llegar aquí expulsados de todas partes del país, con sus miembros carcomidos por la desidia, a vivir en ranchos de paja o ‘chozas de barro’ y caminar calles a medio empedrar. Era la época de la fundación del lazareto el 14 de septiembre de 1861. Allí llegaron a habitar 15 mil personas.
     Hoy, mucho más de un siglo después algunos enfermos de Hansen que padecieron esa dictadura continúan su vida con sus años a cuestas pero con la libertad que otros tiempos les robaron.
     Siguen caminando con sus llagas y sin embargo un tratamiento - terapia de multidroga (MDT) les permite sonreir y hasta crear códigos de lenguaje al interior de sus comunidades.
     En Contratación dos lugares han sido dispuestos para atenderlos: el Sanatorio Juan Bosco para hombres y el albergue María Mazarello para mujeres.
     Ambos, una muestra inequívoca de que la lepra es curable y no mata.
 
‘Don chè’
      En el Sanatorio Juan Bosco una sala de parqués dispuesta en un corredor lúgubre que se contenta con las sonrisas de cuatro ancianos que tiran el dado, es el atractivo del segundo piso.
      Unos curiosean, otros se atreven a pedir turno para jugar y entonces, corren las apuestas. ‘La hueca’ como bautizaron al parqués tradicional, con sus reglas y movimientos propios, es la excusa perfecta para posponer la siesta después de almuerzo.
      Allí Don ‘Ché María’ como se le conoce a José María Ramírez, un hombre de 70 años que no desaprovecha la oportunidad para hacer gala de su fino humor, advierte presencias extrañas.
      “Mucho gusto señorita, que pena que no le de la mano derecha pero es que esa ya la perdí toda, al menos con lo que me queda de ésta la puedo medio saludar”, advierte y recoge con sus dedos encogidos el lanza dados para volver su mirada al juego.
      Los demás ríen y optan por acelerarlo para que Ché María gane de una vez y pueda atender la entrevista.
      “¿Usted sabe cuando yo llegué aquí? El 20 de julio de 1944 yo ya estaba parado en la puerta del hospital a las 6:00 a.m. Venía con mi mamá y con un grupo de 24 personas, entre ellas cuatro sanas, y de las cuales hoy solo hay una viva, o sea yo”.
      Don Che María frena y respira con calma para empezar a agitar su vaso y recordar que ya se va a acercar la hora de la merienda que es justo después de obtener su victoria jugando ‘hueca’.
    “ A los tres años y medio me diagnosticaron la lepra pero a mí se me desarrolló después de viejo. Cuando era lazareto el gobierno se encargó de hacer muchos experimentos con nosotros en busca de drogas. El que se aguantaba bien y si no pues se moría joven” dice Che María con despreocupación.
    Al fondo, en un comedor para cerca de 30 personas se empieza a sentir la correría. Che María se muestra impaciente pero quiere hablar.
    “Yo estuve cuatro años en Agua de Dios también y es la misma vaina. es que lo que mata es la droga. Como es posible que a una persona deshidratada le metan penicilina, lo que hacen es volverlo ciego a uno, poco a poco”, afirma Ché haciendo gestos de erudito que no pueden ocultar su nariz leonina y sus ojos perdidos desprovistos de cejas, entre su piel de arrugas,
     Aunque sus facciones reflejan inconfundiblemente su enfermedad, sus palabras y sus movimientos dicen que quiere ganarle una batalla a la lepra.
    “Yo recuerdo que antes había como buena atención médica, pero entonces había mucha humillación. Varios se suicidaban solos sin familia y había casos horrorosos de lepra. Daba miedo. Hacía parte del desconocimiento de la enfermedad y la dejaban avanzar. Ahora lo más difícil es capotear esos rebotes de lepra. Salen más verrugas y duelen los pies y las manos”.
    Don Ché recibe un subsidio mensual del gobierno equivalente a un salario mínimo destinado a su manutención y al tratamiento que le hacen en el sanatorio.
    “A mí me toco estar cuatro años en Agua de Dios porque en una ocasión me quitaron el subsidio por castigo. Nosotros para salir del lazareto teníamos un permiso de máximo tres días, que se garantizaba con un fiador que pagara una fianza que valía 10 mil pesos. Si uno no volvía cuando había acordado al fiador le tocaban dos tres meses de cárcel, Ese dinero iba a parar al recaudo nacional”.
    Y como quien recuerda un castigo y no quiere volver a repetirlo don Ché se aleja antes de que lo dejen sin refrigerio y se despide dejando en la memoria de un cassette la poesía al leproso que compuso en noches de dolor.
 
Retratos de rechazo
    Mientras la silueta pequeña del anciano se pierde entre las demás, las enfermeras van acomodando en sus lechos a quienes han terminado de comer. En los cuartos algunas revistas de Condorito reposan al lado de ejemplares de la revista local ‘La Ración’, de 'La croniquilla de Contratación’ escrita por el historiador Álvaro Ruiz también enfermo de Hansen, y de fotos viejas que se confunden con los registros de las cédulas especiales que circulaban durante el leprocomio.
    Don Pedro Pablo Vanegas muestra la suya sin titubeos. Se le ve en ella 65 años más joven y el blanco y negro de la impresión le hace perder el azul profundo y soñador de sus ojos.
    “Estas cédulas circulaban únicamente en Contratación, si uno salía de aquí y la gente leía el maldito lugar inmediatamente le cerraban las puertas. Era como una huella demente” recuerda este hombre de 73 años.
    En la época del leprocomio los enfermos debían cargar una cédula especial que los hacía ciudadanos de Contratación, y de paso ‘merecedores’ de la abstención obligada: les era vetado votar y ser elegidos.
    Adicionalmente portaban un carnet de salud en el que se les definían todas las malformaciones de sus rasgos físicos y se ponían sellos especiales para sus salidas bajo sugestivas observaciones: Este ciudadano ya no se considera peligroso para la sociedad. Libre circulación.
    “Yo resulté enfermo de lepra en Bogotá a los 11 años cuando me había ido a estudiar. Cuando aprendí a leer y escribir ya no me quería devolver a Suaita, donde ganaba 30 centavos a la semana que eran para mantener a toda mi familia, así que un amigo me dio trabajo en la fabrica Textiles de Monserrate por allá en 1944”.
     Sus dedos empezaron a sentir entonces que perdían fuerzas para hilvanar y zurcir y el algodón y el hilo se le escapaban de las manos con facilidad. Su grado de insensibilidad llegó a tal punto que Pedro Pablo se cortó la mano en el taller sin darse cuenta. Gajes del oficio.
     “A mi me vieron como diez médicos hasta que fui a parar al dispensario anti leprosos de Cundinamarca, donde decidieron que mi mejor destino era Agua de Dios. El sindico de allá me ayudo a escapar porque sabía que a mi me convenía volver a Santander”.
     Pedro Pablo ya va caminando hacia la calle sin el temor de que le prohiban respirar un aire diferente al de las jeringas y el metronidazol.
     "Lo que yo no quería era llegar acá empujado por dos policías violentos. Acaso yo he matado a alguien? Una tía que vivía acá me sacó un pase de visitante y entonces al llegar me encerraron en el asilo, pero yo me dediqué a dictar cursos de carpintería que es lo que me gusta. Gracias a esos primeros talleres, en 1962 se creo el hoy Colegio Instituto Técnico Industrial” cuenta orgulloso y se intenta peinar con su mano la escasa cabellera, mientras maneja la prótesis de su pierna derecha con una perfección que la hace imperceptible. Su calzado cuidadosamente diseñado por Jorge Armando Aparicio, el zapatero del pueblo, esconde las llagas de su dolor.
      Pedro Pablo se mira como un líder. Algunos lo sienten como tal y aunque haya otros que no entienden sus ideas el siempre los anima.
     “Si nosotros no tenemos las agallas para buscar algo mas que no sea el suicidio, entonces estamos muy mal”.
 
La Biblia del pueblo
     Unas cuadras abajo del sanatorio está la Iglesia. San Juan Bosco y María Auxiliadora reciben allí la súplica de devotos ‘sanos’ y enfermos. En la oración de las 6:00 p.m. un buen número de personas se congrega para profesar una religión que en el pasado, les dedicó en todo un capítulo del Levítico de la Biblia, una receta para mancillar su honra.
     Don Alvaro Ruiz no está exento de ese recuerdo. En la sala de su casa adornada con sus cuadros familiares y una colección de monedas de lazareto, empieza a traer a su mente los fotogramas de una época en la que la discriminación era la orden del día. Los mismos que fueron plasmados en un libro que guarda los secretos mas nobles y tiranos que tiene el lazareto: “Croniquilla de Contratación”, un escrito de su autoría que ya cumplió su tercera edición, tan impecable como lo primera, a pesar de los 83 años que pesan sobre su ser.
     “Yo fui de los últimos que me casé con la restricción absurda de que un leproso no podía contraer nupcias con una persona sana. A mí me toco tener a mi esposa escondida prácticamente hasta 1951 que fue cuando se ablandó un poco la cosa”,
     Tres generaciones de la familia de Álvaro han muerto de Lepra. El Bacilo está en su cuerpo desde 1929, fecha desde la que no ha dejado de registrar el más mínimo detalle del pueblo.
     “Mi mama resultó enferma cuando yo nací. Durante sus días de dieta a ella la convencieron de irse a bañar a la quebrada de Curití cerca de Gallineral. Cuando salió del río tenía unas manchas rojas en alto relieve. Era lepra”
      Álvaro es ciego. Se ayuda de un audífono especial para poder oír y sin embargo recita cada pasaje de su vida con fiel exactitud.
      “Yo he sido enfermero, escribiente, asistente del juzgado municipal, corregidor, tesorero. Es más, el 98% de las calles que usted ve empedradas, las empedré yo con laja y cemento, recogiendo la plata de multas que cobraba por tener animales en la calle”.
      Sin embargo sus múltiples ocupaciones no lo ‘cegaron’ entonces de la vida de restricciones e hipocresías que se tejía en su entorno.
     "Aquí a los sanos no los dejaban tener escritura de un predio, tenían que ser enfermos. El contacto tenía que ser el mínimo y sin embargo algunos doctores de la época abusaron muchas veces de enfermas de lepra, ya que el bacilo no afecta los órganos genitales. Ja! Y ahí los veía uno al otro día en el hospital metiendo las maletas y todos los materiales en formol en la Oficina de desinfección”
      - Entonces el pasado no le dejo nada bueno?
      “Hay que reconocer que hubo un tiempo en que se hacían operaciones de alta cirugía y el médico lo visitaba a cualquier hora. Sin embargo yo me quedo con la libertad de pasearme ahora por donde quiera sin ser señalado”, puntualiza Ruiz.
      Su esposa le ayuda a erguirse para volver a su silla de reposo y mientras él cierra las puertas de su casa, Contratación las mantiene abiertas para que los ‘sanos’ se atrevan a comprobar que la lepra es curable, no es contagiosa y no mata.
 
Una enfermedad curable
  * Olinto Mieles Burgos, bacteriólogo del Sanatorio de Contratación explicó que la lepra no es un virus que se contagia sino que es producida por un bacilo que desarrollan las personas por diversos factores que pueden ser congénitos o de inmunodeficiencia, y se favorecen en condiciones de mala higiene, desnutrición o hacinamiento.
   * La ciencia ha apuntado a la detección temprana de las primeras llagas en la piel, que generalmente aparecen en las nalgas, para atacar el bacilo antes de que se deterioren los nervios de las manos o los pies o se presenten discapacidades.
   * Los síntomas son principalmente la insensibilidad en la piel y la presencia de manchas en las partes frías del cuerpo. Y es por su carácter indoloro por el que es muy difícil que un paciente preienta que padece la enfermedad y en casos críticos la deja avanzar demasiado sin darse cuenta.
   * Durante el desarrollo de la enfermedad las personas empiezan a sufrir de alopecia (perdida de pelo), se le caen las cejas, la nariz se vuelve leonina, la piel de las orejas se estira, y sin embargo estas características se desarrollan en grados diferentes en cada organismo.
   * En el Sanatorio de Contratación hay registrados 557 pacientes entre hombres y mujeres, de los cuales 440 son oriundos de otros municipios.       
   * Amparados en la ley 715 el hospital San Bosco, nombre del Sanatorio, tiene el proyecto de convertirse en el Centro Investigativo de la lepra.
  * Las autoridades médicas recomiendan a los enfermos de lepra del país que se acerquen al Sanatorio de Contratación o de agua de Dios a recibir el tratamiento que necesitan que carece de precio alguno,   portando su historia clínica y documentación al día.
Poesía del Leproso
Autor: Che María 
    20 años de tristeza que he pasado contemplando las luchas de la muerte como triste paraje sin par remedio los enfermos están seres mirados con horror espanto y miedo
      Robad del bien, como en la vida avanza intrigados por el núcleo del empleo, si en tal forma logran su deseo, informes falsos mandan a la prensa.
     Como ciega la muerte en su camino sin respetar al niño ni al anciano lepra si con destructora mano todo lo arrastra en su fatal destino.
     Obispos, sacerdotes y abogados y médicos también ricos magnates, frailes, monjas, nobleza de kilates, han sido por su diente devorados.
     Se vuelve la tristeza la entraña de contemplar a Ricalin y a Judas con deforme nariz, cejas desnudas, tuberculosa oreja y sin pestañas.              
     No es en todos igual pero si cruel solo deja de su víctima despojos, unos pierden sus pies manos y ojos y otros quedan deformes de la piel.
     Terrible mal ponzoña irresistible, vertida sobre las sombras del misterio, su alivio mas cercano el cementerio, su próxima esperanza lo imposible. 
     En la nación entera habremos desgraciados, sí, habremos desgraciados, soportando desdichas sin cesar, sufriendo de la ausencia del hogar y por crueles verdugos humillados.
     Convaleciente viviendo no hay derecho en la basta porción de tantos seres, viven mezclados hombres y mujeres bajo un fondo común y un mismo techo.   
     De envidia y mala fe es el detalle y de bajas pasiones dan ejemplo muchos hacen de santos en el templo y de diablos perversos en la calle.
     Que la ciencia con éxito brillante, su remedio encontró tengo por cierto,. Pero debe contarse como muerto quien no tenga valor perseverante.
     Bien pude comprender que no denigro quienes observen lo mismo que yo veo marcha todo tan mal que pienso y creo que hasta Dios en su altar esta en peligro.        
     Termino aquí estos cuartetos autentica faz de la miseria humana, con lo dicho perdí hasta la gana de volver a describir los lazaretos.
 Amen
 
         
 

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