Desesperanza y honor
Miércoles, 02-06-2008, 3:02:09 am

La noche pasó cubierta de desesperanza. A lo lejos, entre aquellos profundos ramajes, gritos de dolor se sucedían. No se puede percibir cual es la máxima intensidad del sufrimiento hasta que no escuchas a un hombre fornido gritarla. ¿Qué oscuros misterios escondía aquella jungla que se alzaba imponente ante nosotros?
Dudas y más dudas palpitaban en nuestros corazones. Todos queríamos correr y ayudarles, pero ninguno se atrevía a cruzar aquella frontera. Era como si nuestros pies se negasen a seguir el dictado de nuestras mentes. Nos mirábamos los unos a los otros, presas del miedo, pero nadie decía nada. Todo estaba cubierto por aquel silencio interrumpido por las voces de nuestros amigos. Ni siquiera el viento se atrevía a hablar.
Pasaron las horas y los inicios de un nuevo amanecer se podían imaginar ya en el horizonte. Entonces, llegó aquel temido momento, aquel instante en el que dejamos de escuchar cualquier lamento. Hay veces en las que el silencio es un tesoro divino reservado sólo para los mejores, pero esta vez sólo era el presagio de una gran desgracia.
Cuando por fin el Sol se atrevió a salir, vimos nuestras caras horrorizadas y llenas de recelo. Retrocedimos varios pasos hasta casi rozar el mar. Todo permanecía en silencio, hasta que al fin uno de nosotros habló y dio comienzo a una revolución. Gritos, empujones, arena, agua. Todo se volvió un caos. Luchábamos entre nosotros, entre amigos, entre hermanos. Un primero reclamaba: “¡Debimos hacer algo!” Un segundo le replicaba: “¿El qué? ¿Entrar ahí dentro a morir?” y un tercero se desesperaba: “Nunca debimos venir aquí… nunca…”
Tuve que alzar mi voz y provocar un nuevo silencio: “¡Callaos insensatos! No pudimos hacer nada por ellos, pero peleando entre nosotros tampoco conseguiremos nada. Debemos formar una nueva expedición. Descubriremos qué es lo que ha sucedido y si queda alguno con vida debemos rescatarle. Pero si por desgracia todos han abandonado este mundo, como representantes de la fe cristiana es nuestro deber enterrarles. Esa es la ayuda que les prestaremos. Así pues, todo aquel que desee venir conmigo y tenga el valor suficiente para enfrentarse a sus propios miedos, que dé un paso adelante y se una a mí.”
Volvieron a mirarse los unos a los otros. Murmullaban. Algunos se pidieron disculpas entre ellos, otros siguieron con la mirada perdida, pero el miedo y las dudas volvieron a ser presa en el corazón de todos. ¿Quiénes darían un paso al frente hacia una muerte más que segura?
De repente, y ante todo pronóstico, una voz se alzó entre aquellos murmullos de desesperanza. No pude ver quien era hasta que la multitud se apartó dejándole pasar.
“¡Yo!... Si mi capitán va, es mi obligación acompañarle.”
Sonreí, y con este gran acto de valentía, el contramaestre, o como yo le llamo mi querido amigo Jordan, consiguió que otros tres hombres se nos unieran: Rosenburg, Cute y Joe. Y cuando estábamos preparados para comenzar a organizar el viaje a lo desconocido, se escuchó una vocecita débil e inocente: “Yo también iré”. Pasaron unos segundos hasta que respiré profundamente, pues sabía ya a quien pertenecía aquella voz. No era otro sino Bill, el encargado de supervisar la comida. Me negué rotundamente a admitirle en el grupo, por su propia seguridad y por la nuestra. Era casi un niño imberbe en plena pubertad que sólo nos retrasaría y entorpecería el viaje. Su piel era blanquecina como la arena y sus músculos menos de la mitad de los nuestros. Pero su padre, antes de morir, me había pedido que lo cuidase como si fuera mi propio hijo y ahí estaba él, frente a mí, mirándome con aquellos ojitos esperando su gran oportunidad. Insistió e insistió, que si alguien debía darnos de comer, que si alguien debía amenizar el viaje,… Seguí negándome, pero Jordan, poseedor de una gran sabiduría y calma, puso una mano sobre mi hombro y supe que tenía que aceptar. Si no le daba el visto bueno, era obvio que Bill nos acompañaría incluso a escondidas, y eso sería aún mucho peor.
Así pues, los seis hombres destinados a conocer y desvelar los secretos de aquella isla nos preparamos concienzudamente. Armas, comida y ron. Todo aquello que pesase más de la cuenta y que pudiese ralentizar nuestro viaje debía ser dejado atrás, lástima de no poder deshacernos de Bill.
Llegó la hora. Los seis nos dispusimos frente a la jungla, armados de valor y esperanza. Miramos una última vez atrás y vimos nuestro barco ondeando, con bandera española, a la espera de nuestro regreso, y cuatro hombres, los únicos que quedaban del segundo grupo y que no se habían unido a nosotros por temor a que aquel fuera su final. Debían esperarnos en la misma playa en la que habíamos esperado nosotros a un grupo que nunca regresó. Cuidarían los botes y el resto de pertenencias y toda noche debían encender una hoguera con un humo tan alto como para atravesar la espesura y así poder mostrarnos, en aquellas noches oscuras, cual era el camino de regreso a casa.
Sin embargo, antes de dar el paso que nos conduciría a un viaje quizás sin retorno, di la espalda a la jungla y observé a mis hombres, a aquel grupo rebosante de valentía y honor. Jordan era mi contramaestre, un hombre curtido en mil batallas, todas ellas luchando a mi lado codo con codo. Su piel morena contrastaba con su larga barba rubia. Una vez se me ocurrió preguntarle si algún día se la afeitaría. Y él, con su típica voz grave pero amigable, me contestó: “El día que una bella dama me lo pida, entonces lo haré, pero mientras seas tú, viejo amigo, quien me lo pida, seguirá creciendo sin fin” Cada vez que recuerdo aquella anécdota no puedo sino echarme a reír. Dirigí mi mirada entonces a su derecha y pude ver a Rosenburg. Éste era su apellido, pues se negaba siempre a decirnos su nombre. Era un hombre tosco y bruto, pero de gran corazón. No contaba mucho sobre si mismo, pero siempre pensábamos que su procedencia era germana, quizás incluso portará sangre real. Nunca lo sabríamos, no hablaba mucho y mucho menos de él mismo. Solía permanecer en cubierta horas observando las estrellas, únicas sabedoras y guardianas de sus secretos. A su lado se encontraba Bill, sonriente y lleno de gran entusiasmo. Deseaba dar comienzo a la gran aventura, aquella que por fin le diera la fama que tanto anhelaba.
Miré hacia el otro y vi los otros tres hombres que formaban nuestro grupo. Hill, Cute y Joe. El viejo Hill, no es que fuera muy fuerte, pero poseía un gran dominio de los terrenos. Así pues, era nuestro gran explorador. Al pobre Cute, irlandés de toda la vida, le faltaba un ojo. Cada vez que alguien le preguntaba sobre como lo perdió, él se enorgullecía, hinchaba su gran torso y contaba una fantástica historia sobre peleas con piratas en los mares del Sur. La verdad, y que sólo la sabemos muy pocos, es que cuando era un joven inocente cortejó a la dama equivocada, que no era otra, que la esposa de un general. Pelearon, él perdió su ojo, pero no queráis saber que es lo que perdió el general. Por último, quedaba Joe. Era un hombre siniestro, de rostro rasgado. No confiábamos mucho en él, siempre andaba jugando con su cuchillo. Lo afilaba a todas horas, lo admiraba con gran deseo. Pero toda ayuda en este viaje era necesaria y no dude ni un segundo en admitirle en nuestro grupo.
Aquellos seis hombres me acompañarían. Nos adentraríamos en lo desconocido, más allá de los límites de la razón, donde cualquier cosa podía suceder. Les di una última oportunidad para echarse a atrás, pues a partir de entonces, debíamos permanecer unidos tanto en lo bueno como en la desgracia. Pronuncié sus nombres bien alto, para que quedasen remarcados en la historia del mundo y de España: "Jordan, Rosenburg, Hill, Cute, Joe y Bill"
El contramaestre se acercó entonces a mí y me dijo: “Querido capitán Morris, cuando vos queráis”. Redirigí mi mirada a la negra jungla y di un paso al frente, firme, sin miedo. El viaje había dado comienzo.
Conquistando una playa
Lunes, 02-04-2008, 1:02:23 pm

No tengo palabras para describir lo que siento en estos momentos. Tanta naturaleza, tanto follaje, tantas maravillas por descubrir. Ha sido tan grande mi asombro que hasta el tiempo parecía haberse detenido. Un día había dejado de ser un día. No había horas que contar, sólo paz y tranquilidad.
Veinte hombres bajamos repartidos en dos barcas, el resto permaneció en custodia del navío. Seguido por el contramaestre fui el primero en poder otorgarme el honor de pisar tierra firme. Tierra prometida, santa, nueva. Pero no era suficiente para mí. Necesitaba sentir el calor de aquellas playas paradisíacas, sentir que conquistaba un mundo nuevo. Así pues, me deshice raudo de mis botas y camine descalzo por aquella arena fina y blanquecina. Pude sentir el calor del Sol guardado por aquellos millones de diminutos granos de arena. Ya había estado antes en una playa, pero ésta era distinta. Parecía no existir el fin en aquella costa, como si quisiera extenderse al infinito en búsqueda de una península. Pero por el contrario, la anchura no hacía honor a la largura. Escasos metros nos separaban de una larga y verdosa jungla. Enramado de árboles y hojas, verdes contra marrones y un amarillo oscuro que parecía surgir de la nada. Era como si el Sol no pudiera encontrar espacio o cabida en aquel lugar, como si su entrada fuera vetada. ¿Qué habría más allá del pequeño desierto? ¿Qué se escondía tras aquellos ramajes?
Pasamos un par de horas deliberando sobre qué hacer, hasta que al final la idea fue clara. Una expedición formada por los diez mejores hombres se adentraría en los confines de lo desconocido en búsqueda de una senda transitable. Retornarían antes del anochecer. Era la única condición y fue la única que no se cumplió.
La Luna llena se alzaba alta en el cielo oscuro, tan ennegrecido como nuestros pensamientos, cuando supimos que ya no iban a volver…
Un nuevo día
Viernes, 02-01-2008, 11:37:34 am

La Tierra de Nadie, terreno lejano y olvidado, por fin ha sido conquistada. Sus secretos quizás puedan ser desvelados, pero por ahora disfrutamos de las vistas.
Llevábamos ciento un días navegando, perdidos en alta mar a merced de las olas y los vientos. La comida era escasa y se podía percibir en la tripulación la tensión acumulada, las ganas de amotinación. Quizás con razón, pero no con ilusión. Mis hombres habían perdido toda esperanza de encontrar la tierra prometida. Ellos comenzaron a desconfiar y yo a temer que en el fondo esa fuera la verdad: Que no había nada más allá del viejo continente, que caminábamos hacia un anochecer sin fin, hacia una muerte más que segura. Y si no nos destruía antes el escorbuto, pronto nos mataríamos los unos a los otros.
Pero fue en ese ciento un día cuando el Sol amaneció más grande de lo normal y las nubes a su alrededor, blanquecinas, parecían conformar una flecha que nos indicaba el camino... y ahí estaba, el sonido esperado durante tantos meses... TIERRA A LA VISTA!!!!
Y el jolgorio se hizo presa de nosotros, risas por doquier, esperanzas cumplidas...
Nos detuvimos a unos metros de la orilla y mediante barcas, dos pequeños grupos descendimos de la embarcación, que durante tanto tiempo había sido nuestro hogar, para adentrarnos en el nuevo mundo, en lo desconocido.
El futuro nos esperaba... Tamehog había dejado de ser una leyenda para ser una isla conquistada.